Por qué el seguimiento clínico de los pacientes oncológicos mejora la calidad de vida y fortalece al sistema de salud

Por qué el seguimiento clínico de los pacientes oncológicos mejora la calidad de vida y fortalece al sistema de salud

Los avances en el diagnóstico temprano, los tratamientos personalizados y las nuevas estrategias terapéuticas permiten que cada vez más personas sobrevivan al cáncer. Sin embargo, el fin del tratamiento no siempre marca el final de las necesidades de atención; por el contrario, para muchos pacientes comienza una nueva etapa que plantea desafíos clínicos, físicos y emocionales que requieren una mirada diferente.

En ese contexto, el Instituto Oncológico Henry Moore puso en marcha un modelo de seguimiento clínico destinado a pacientes que ya superaron los años de mayor riesgo de recaída. La iniciativa busca responder a una realidad cada vez más frecuente: personas que dejaron atrás la enfermedad oncológica activa, pero que continúan necesitando cuidados específicos para preservar su salud y calidad de vida.

«Los pacientes oncológicos no son solamente pacientes que tuvieron cáncer. Son personas que cargan con una historia clínica previa, con hipertensión, diabetes, artritis u otras patologías, y es importante poder integrar todos esos aspectos en el seguimiento», explica el oncólogo Carlos García Gerardi, coordinador de los consultorios de seguimiento del IOHM.

Una etapa poco visible del cáncer

Durante años, la atención oncológica estuvo centrada casi exclusivamente en el diagnóstico y el tratamiento. Sin embargo, el crecimiento sostenido de personas curadas puso en evidencia la necesidad de desarrollar estrategias específicas para el período posterior.

Especialistas advierten que algunas consecuencias del tratamiento pueden aparecer años después de finalizada la terapia y al mismo tiempo, las personas que atravesaron un cáncer continúan enfrentando los mismos riesgos de salud que el resto de la población, junto con desafíos particulares vinculados a su antecedente oncológico.

«Después de atravesar un proceso oncológico pueden aparecer efectos tardíos o secuelas que es importante detectar precozmente para intervenir de manera oportuna», señala García Gerardi.

Entre esas complicaciones pueden encontrarse alteraciones cardiovasculares, metabólicas, endocrinológicas o cognitivas, muchas veces asociadas a tratamientos recibidos años atrás. La identificación temprana de estas situaciones permite actuar antes de que generen un impacto significativo sobre la salud y la calidad de vida.

Un modelo que integra especialidades

El nuevo dispositivo del Instituto se apoya en el trabajo conjunto entre oncólogos y médicos clínicos y la propuesta busca superar la fragmentación asistencial que suele producirse cuando el paciente queda atrapado entre distintos especialistas sin una coordinación efectiva.

«Los oncólogos también tenemos limitaciones en áreas que no son las propias de nuestra especialidad. Por eso es importante integrar disciplinas que, aunque están estrechamente vinculadas, no siempre trabajan de manera coordinada», afirma García Gerardi, al tiempo que explica que el modelo permite que los pacientes continúen bajo una supervisión especializada, pero incorporando una visión integral de su salud. El equipo clínico realiza el seguimiento habitual de enfermedades crónicas, prevención, vacunación y controles generales, mientras mantiene una comunicación permanente con oncología ante cualquier situación que requiera una evaluación específica.

«Nosotros nos nutrimos del conocimiento de los clínicos y ellos cuentan con el respaldo del oncólogo frente a cualquier situación que pueda relacionarse con la enfermedad previa», agrega.

Beneficios para los pacientes y para el sistema

La iniciativa también responde a un desafío creciente para los sistemas de salud: cómo organizar recursos cada vez más demandados por una población que vive más tiempo. En este sentido, los consultorios de seguimiento permiten que los especialistas en oncología concentren su actividad en pacientes que se encuentran en etapas diagnósticas o terapéuticas complejas, mientras que quienes han superado la enfermedad continúan recibiendo controles adecuados en un ámbito diseñado para sus necesidades actuales.

Al mismo tiempo, el modelo favorece una atención más eficiente y evita la medicalización innecesaria de personas que ya no requieren controles oncológicos intensivos, sin resignar seguridad clínica.

«Es fundamental que los pacientes sigan teniendo controles aun cuando hayan pasado más de cinco años desde el tratamiento. Lo importante es que ese seguimiento responda a sus necesidades reales y contemple todos los aspectos de su salud», destaca García Gerardi.

Generar conocimiento para el futuro

Además de la asistencia, el programa incorpora un componente de investigación orientado a comprender mejor los efectos a largo plazo de los tratamientos oncológicos.

Uno de los objetivos es estudiar la posible aparición de alteraciones cognitivas asociadas a la quimioterapia. Aunque existen evidencias sobre algunos efectos neurológicos de determinados tratamientos, todavía quedan numerosas preguntas abiertas sobre su evolución en el largo plazo.

«Queremos empezar a estudiar si los pacientes desarrollan un deterioro cognitivo diferente al de la población general. Es una de las líneas de trabajo que estamos comenzando a desarrollar», explica el especialista y adelanta que la información obtenida permitirá diseñar estrategias de prevención y atención más precisas para las próximas generaciones de pacientes.

El desafío de vivir mejor

Detrás de cada alta oncológica existe una persona que intenta reconstruir rutinas, proyectos y vínculos después de una experiencia que suele transformar profundamente su vida. Por eso, el seguimiento clínico no se limita a detectar recaídas o controlar secuelas, sino que también implica acompañar el proceso de reintegración a una vida plena. Para García Gerardi, «mantener al paciente en el centro sigue siendo esencial. Eso implica escuchar, comprender qué le ocurre y cómo impacta el antecedente oncológico en su vida social, emocional y personal». 

La creciente cantidad de personas que sobreviven al cáncer obliga a ampliar la mirada sobre qué significa realmente curarse, porque además de controlar un tumor se trata también de garantizar que quienes atravesaron la enfermedad puedan recuperar su bienestar y sostenerlo en el tiempo. En ese desafío, el seguimiento clínico aparece como una herramienta clave para los pacientes, los profesionales y el sistema de salud en su conjunto.